2026: Año del perdón y la reconciliación
Por Juan Salazar
He visto casos en que la falta de perdón se lleva a extremos inimaginables. Personas que permiten que otra muera sin perdonarla y quienes también fallecen sin conceder el perdón por una ofensa o daño causado.
Entre familiares, amigos y compañeros de trabajo se arrastran diferencias, con la consecuente falta de perdón que se extiende por años, a veces por nimiedades que alcanzan la categoría de irreconciliables.
A mí me sorprendió la semana pasada escuchar la confesión del cantante venezolano Guillermo Dávila, quien en una entrevista reveló que tiene ocho años distanciado de una de sus hijas.
Según el artista, la relación se enfrió cuando él se negó a reconocer a un hijo hasta la realización de una prueba de ADN. Parece inverosímil que una relación entre padre e hija, en caso de ser ese el motivo real, se rompa por tantos años debido a esa simpleza y sin que ninguno haya dado un paso adelante para la reconciliación.
Para exponerles la otra cara de la moneda, conversaba sobre el tema la pasada semana con un estimado amigo, quien me confesó que fue criado por sus abuelos en Puerto Plata y a su padre biológico, residente en Santiago y a quien odiaba, lo conoció cuando tenía 25 años de edad.
Tenía una herida en su corazón tan grande que ni siquiera el amor de sus abuelos pudo sanar. Un día su padre fue a visitarlo a Santo Domingo, donde había fijado residencia, pero lo trató con desdén. En una segunda ocasión, lo vio en la calle y ni siquiera lo saludó.
Todo cambió cuando participó en un seminario titulado “Vida en el Espíritu Santo”, enfocado en la sanación interior. Dos meses después visitó a su padre interno en un hospital de Santiago. “Y allí oramos juntos, charlamos, lloramos de alegría y nos reconciliamos”, me contó el amigo, quien escribió incluso un libro sobre su experiencia para exponer cómo “el odio enferma y el perdón sana”.
Una de las decisiones más difíciles para los seres humanos es perdonar o pedir perdón.
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| Una de las decisiones más difíciles para los seres humanos es perdonar o pedir perdón.EXTERNA |
Esa hermosa historia de sanación espiritual y emocional con su padre ya fallecido, nos permite comprender por qué cuando el apóstol Pedro se le acercó en una ocasión a Jesucristo para preguntarle “¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” Jesús se fue también a los extremos con su respuesta: ·No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. (Mateo 18:21-22, Biblia Reina Valera).
Ni siquiera setenta veces siete es una cifra literal. Fue la manera hiperbólica de Jesucristo dejar claro que el perdón no tiene límites. La necesidad de que el perdón sea constante quedó ratificada luego en el Padre Nuestro, la oración modelo que también el Señor legó a sus discípulos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Perdonar no significa tolerar el daño que te hicieron. Se puede confrontar al reincidente con ofensas e incluso marcar distancia cuando no se percibe la intención de un cambio genuino.
Una de las decisiones más difíciles para los seres humanos es perdonar o pedir perdón. De ahí la tan extendida frase “yo perdono, pero no olvido”. Es una tarea ciclópea dejar atrás la ira, resentimiento, enojo, rencores y el anhelo de que el otro pague por el daño o el dolor causado.
Si perdonar se torna tan complejo, imagínense entonces brindar la oportunidad de una reconciliación. Mucho más si el agravio provino de un familiar querido, un amigo o amiga entrañable o una persona que gozaba de nuestra entera confianza.
El perdón es una decisión que puede ser unilateral, pero la reconciliación implica un proceso y la disposición que muestren las personas implicadas.
En algunos casos las heridas han sido de tal magnitud que causan sentimientos de amargura, rencores y hasta odio que parecen inagotables, especialmente en quien se siente ofendido. Con el riesgo de llevar todo eso a nuevas relaciones y experiencias.
Regularmente, la falta de perdón causa más daño a quien se mantiene aferrado al resentimiento y la amargura, porque se dificulta pasar la página y seguir adelante, además del daño físico y emocional que podría causar.
Y es cierto, perdonar y brindar la oportunidad de una reconciliación se complican cuando las disculpas de quien lastimó llegan acompañadas de excusas y justificaciones. En este caso no se trata de un arrepentimiento sincero.
La escritora estadounidense Richelle E. Goodrich razonó que una disculpa sincera y expresada cálidamente “sirve para separar las nubes de tormenta, calmar los mares agitados y atraer las suaves luces del amanecer; tiene el poder de cambiar el mundo de una persona”.
Es indudable que el beneficio del perdón es mutuo. El escritor inglés William Shakespeare dijo al respecto que “el perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe”.
A pocas horas de que finalice el 2025, pienso que 2026 podría ser un año en el que impulsemos el perdón y la reconciliación en el plano individual, familiar y social, siempre que el primer paso implique una madurez biunívoca que permita llegar al segundo libre de traumas.
De manera, individual, amable lector, usted podría pasar revista de a quién o quiénes necesita perdonar o pedirles perdón para dar ese primer paso, sin importar la actitud del otro. Piense en su liberación individual. El perdón puede disminuir la influencia sobre usted del ofensor y de la acción cometida.
En el ámbito familiar, con más razón, las ofensas entre padres-hijos, hermanos, parejas u otros parientes no deberían prolongarse por la actitud egocéntrica de “no dar mi brazo a torcer”.
Dar el primer paso para el perdón engrandece a una persona en lugar de rebajarla. El beneficio del perdón casi siempre es mayor para quien ha sido herido, pero aún así decide tomar la iniciativa de buscar el acercamiento.
“Perdonar es uno de los mayores regalos que puedes darte a ti mismo”, razonó Maya Angelou (1928-2014), una escritora, cantante y activista por los derechos civiles estadounidense.
En la esfera social, el futuro de República Dominicana podría ser más promisorio si nuestros líderes políticos, empresariales, religiosos, gremiales, comunitarios y de otros sectores dejan definitivamente en el pasado la falta de perdón e impulsan reconciliaciones tan necesarias para garantizar nuestro desarrollo pleno como nación.
En el ámbito político, a través de la historia, “baecistas y santanistas”, “independentistas y anexionistas”, “rojos y azules”, “bolos y coludos”, “reformistas y perredeístas”, “blancos y morados”, se han convertido en las rémoras de un presente sin ningún atisbo de perdón y reconciliación sinceros.
Los partidos que nos han gobernado desde el ajusticiamiento del tirano Rafael Trujillo, todos con vigencia, aunque unos más que otros, deberían pedirle perdón al pueblo dominicano por sus desaciertos en el manejo del Estado dominicano, como un primer paso para reconciliarse con la ciudadanía que sufre por tantos años de corrupción, abandono y manejo desafortunado del Estado dominicano.
Históricamente los partidos han obviado el “mea culpa” porque resulta más provechoso atribuir a las administraciones anteriores la responsabilidad por todos sus yerros y desaciertos.
Si el ejemplo de perdón y reconciliación viene de quienes dirigen, se puede convertir en un motor que impulse esas iniciativas en el plano individual y colectivo.
Incluso, Haití y República Dominicana tienen una reconciliación histórica pendiente porque ha faltado el perdón previo. Hoy conflictos que se manifiestan con tanta crudeza a escala planetaria surgieron por la falta de un primer paso para evitarlos cuando estaban en ciernes.
Mahatma Gandhi, ícono mundial del pacifismo, dijo que “El perdón es un atributo de los fuertes” y, Nelson Mandela, ganador del Premio Nobel de la Paz en 1993 por ser un símbolo del perdón y de la reconciliación en Sudáfrica, reflexionó que "Los valientes no temen perdonar, por el bien de la paz".
Ser fuerte y valiente para perdonar o pedir perdón, una manera de comenzar el nuevo año con una actitud positiva.
Como el dilecto amigo que cité al principio, con fortaleza y valentía pudo vencer el rencor y el odio para tener una feliz y fructífera relación con su padre por cerca de 20 años.




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