Trump y la guerra contra las drogas
Por Felipe Román
Apreciado lector, muchas personas, a nivel mundial, están predispuestas a rebatir prácticamente todo lo que diga o haga el presidente Trump, sin detenerse a reflexionar de manera serena y sincera sobre la posibilidad de que, en algunos temas sumamente sensibles, pudiera tener toda la razón.
A los lectores más quisquillosos les recuerdo que, de manera responsable, en mis dos artĂculos anteriores dejĂ© claramente establecido que no apoyo un ataque terrestre a Venezuela y que, además, lo considero un grave error que ocasionarĂa innumerables problemas en toda la regiĂłn. Sin embargo, en este artĂculo, y de manera somera por razones de espacio, tratarĂ© de demostrar que, en el tema que indica el tĂtulo, el presidente Trump tiene razĂłn.
El 15 de diciembre de 2025, el presidente Trump declarĂł al fentanilo como “arma de destrucciĂłn masiva” y, para reafirmar sus palabras, agregĂł: “Eso es lo que es”. Quien esto escribe no solo asegura que tiene razĂłn, sino que además compartirá con usted una breve revisiĂłn histĂłrica sobre el uso de los opiáceos como arma de guerra.
La primera gran guerra utilizando drogas ocurriĂł cuando el poderoso Imperio inglĂ©s, al que luego se uniĂł Francia, sometiĂł a China, que en esa Ă©poca no disponĂa de un ejĂ©rcito poderoso ni de una armada temible. Por esa razĂłn, usaron el opio contra ella, sin temor alguno a una posible respuesta.
En el siglo XVIII, China aparentaba ser tan poderosa como los paĂses europeos; sin embargo, lo cierto es que carecĂa tanto de un ejĂ©rcito fuerte como de una armada eficaz. Todo era una ilusiĂłn, una percepciĂłn deformada de la realidad.
El problema surgiĂł porque, al igual que en la actualidad, China exportaba grandes cantidades de algodĂłn, seda y porcelana hacia Europa, pero importaba muy poco. Esto, como es lĂłgico, producĂa un profundo malestar en los europeos, especialmente en Inglaterra. Se intentaron diversas vĂas diplomáticas para equilibrar dicha relaciĂłn comercial, pero todas fracasaron. Entonces, como una forma verdaderamente diabĂłlica de obtener dinero, Inglaterra “invadiĂł” a China mediante el comercio clandestino de opio, obteniendo enormes beneficios econĂłmicos. A este negocio criminal se unieron posteriormente Francia y otros paĂses. Esta invasiĂłn del opio comenzĂł en 1723.
El emperador Yongzheng (Yinzhen) gobernĂł China entre 1722 y 1725. Para frenar este flagelo, actuĂł con mano dura, prohibiendo la venta de opio y castigando con la muerte tanto a quienes lo vendĂan como a quienes lo consumĂan. Su sucesor, el emperador Qianlong (1735–1796), mantuvo esta condena. Sin embargo, los europeos fueron hábiles y lograron introducir el opio bajo la apariencia de medicamento, ya que, al igual que el fentanilo, es un potente analgĂ©sico. La diferencia radica en que el fentanilo es de origen sintĂ©tico, posee un poder superior al de la morfina y genera una adicciĂłn aĂşn más severa que la heroĂna.
El 15 de diciembre de 2025, el presidente Trump declarĂł al fentanilo como “arma de destrucciĂłn masiva”
El emperador Qianlong comprendió las artimañas europeas y respondió disminuyendo de forma aún más drástica las importaciones. Pese a los reiterados esfuerzos diplomáticos, especialmente de los ingleses, no cedió.
No obstante, el comercio clandestino de opio continuĂł y, para 1838, el problema era alarmante. Por ello, se nombrĂł a Lin Zexu como comisionado imperial, con la misiĂłn inicial de erradicar el tráfico de opio en la provincia de Guangdong. Lin exigiĂł a los traficantes y autoridades locales la entrega de todas las existencias de opio. Los británicos que operaban en la zona se negaron, por lo que Lin ordenĂł rodearlos e impedir toda comunicaciĂłn con sus barcos —dato al que conviene prestar atenciĂłn, pues guarda una clara similitud metafĂłrica con lo que hoy hace Trump—. Lin destruyĂł más de 20,000 cajas de opio.
Esta acciĂłn enfureciĂł a los ingleses, quienes en 1840 enviaron diecisĂ©is buques de guerra, veinte barcos de transporte y cuatro mil soldados fuertemente armados. Tomaron posiciones estratĂ©gicas y dominaron los principales puertos chinos. El gobierno británico enviĂł entonces una misiva a PekĂn exigiendo la legalizaciĂłn del comercio del opio, el pago de una indemnizaciĂłn por la mercancĂa destruida y la apertura de nuevos puertos al comercio exterior.
Esta humillante derrota abriĂł el apetito voraz de otras potencias europeas, que exigieron a China privilegios similares a los otorgados a Inglaterra. China, impotente, tuvo que acceder, lo que representĂł un golpe devastador para su ya debilitada economĂa.
En 1841 se produjo otro enfrentamiento, ya que el emperador Daoguang se negĂł a cumplir lo pactado y declarĂł la guerra a Gran Bretaña. La respuesta británica fue devastadora: arrasaron los bastiones chinos y, en 1842, las tropas inglesas entraron en NankĂn. Tres semanas despuĂ©s, China e Inglaterra firmaban el Tratado de NankĂn, que puso fin a la guerra.
Posteriormente, China sostuvo otros conflictos con potencias europeas, pero, debido a su limitado arsenal bĂ©lico, sucumbĂa una y otra vez, viĂ©ndose obligada a aceptar condiciones de paz sumamente onerosas.
Todo lo anterior demuestra que las guerras motivadas por asuntos relacionados con las drogas no son un invento moderno ni una ocurrencia del presidente Trump. Se trata de conflictos que se remontan al siglo XVIII.
Recordemos que el presidente Trump declarĂł el 15 de diciembre de 2025 al fentanilo como arma de destrucciĂłn masiva, acompañando su afirmaciĂłn con la firma de una orden ejecutiva. Esta decisiĂłn no tiene precedentes para un narcĂłtico y autoriza al Pentágono a apoyar a la policĂa y a otras agencias en la lucha contra el tráfico de drogas.
Antes de reaccionar de forma histĂ©rica, conviene examinar los datos. SegĂşn los Centros para el Control y la PrevenciĂłn de Enfermedades (CDC), más de 250,000 personas murieron entre 2021 y 2023 por sobredosis relacionadas con opioides sintĂ©ticos, especialmente fentanilo. Esta cifra supera con creces la mitad de los soldados estadounidenses muertos en la Segunda Guerra Mundial, que ascendieron a 407,316. Por ello, Trump afirmĂł: “Si esto fuera una guerra, serĂa una de las peores”.
Trump añadiĂł además una declaraciĂłn que puede parecer rimbombante, pero que cobra sentido a la luz de la historia: “No cabe duda de que los adversarios de Estados Unidos están traficando con fentanilo en parte porque quieren matar a los estadounidenses”. Ya hemos visto cĂłmo Inglaterra y otras potencias europeas utilizaron el opio contra China con fines econĂłmicos. Trump sostiene que, en el caso del fentanilo, no solo se busca el lucro, sino tambiĂ©n provocar el mayor daño posible: biolĂłgico, moral y afectivo.
Existe un término médico denominado iatrogenia, que describe el daño ocasionado por el médico mediante sus palabras, gestos o acciones. Algo similar ocurre cuando se aplican medidas paliativas que alivian momentáneamente, pero no resuelven la causa del problema.
Durante años, Estados Unidos ha enfrentado el narcotráfico como quien combate la fiebre con acetaminofĂ©n: obtiene un alivio temporal, pero no erradica la enfermedad. Se capturaban eslabones menores, pero la estructura permanecĂa intacta. Hoy, al atacar la raĂz del problema e impedir la llegada de estas sustancias, no solo se benefician ellos, sino tambiĂ©n AmĂ©rica Latina, CentroamĂ©rica y el Caribe. Al disminuir el flujo de drogas, se reduce de manera significativa la delincuencia y la criminalidad asociada.
La mayorĂa cree que estas medidas se limitan al mar Caribe, pero tambiĂ©n se están aplicando con igual severidad en el ocĂ©ano PacĂfico, aunque con menor cobertura mediática.
La Biblia no describe guerras por drogas, pero sĂ menciona en GĂ©nesis y en el Cantar de los Cantares una sustancia conocida como mandrágora. Por sus componentes —escopolamina, atropina e hiosciamina—, produce efectos que explican el sentido afrodisĂaco de los pasajes bĂblicos en GĂ©nesis 30:14–16 y Cantar de los Cantares 7:13. En hebreo, mandrágora significa “fruto del amor”.
ConclusiĂłn: La guerra por las drogas es antiquĂsima. Hoy, incluso nuestro pequeño y amado paĂs podrĂa verse beneficiado por esta ofensiva contra el narcotráfico, aunque algunos se resistan a reconocerlo.
El autor es psiquiatra y general (R) del Ejército




Escribe un comentario