Poner de “moda” la honestidad y la integridad

 



Por Juan Salazar

Junio es un mes agridulce para mi familia. Nuestra madre, Altagracia Trinidad, hubiese cumplido 96 años de edad el pasado día 7. Y nuestro padre, Juan Bautista Salazar, 103 años el día 24 del presente mes. Se combinan la pena de que ya no están, con la satisfacción del legado de una educación familiar centrada en principios y valores innegociables.


Honestidad e integridad fueron dos valores que estuvieron muy presentes en la crianza que recibimos de nuestros progenitores, con un componente esencial: ambos predicaban con el ejemplo.


Hay una reflexión sobre estos valores que se ha hecho viral en redes sociales de Yokoi Kenji Díaz, hijo de un ingeniero japonés y una exdiplomática colombiana, quien se ha hecho famoso como conferencista luego de colgar un vídeo en YouTube titulado “Mitos y verdades sobre Colombia y Japón”. Son frecuentes los audiovisuales del japonés-colombiano sobre las diferencias en ambas culturas, porque siendo niño y adolescente vivió en los dos países.


Un detalle interesante de la citada reflexión de Yokoi Kenji es que para el liderazgo actual es tan importante la honestidad como la integridad. Si buscamos definiciones de ambos valores en cualquier diccionario nos indica que “ser honesto es actuar y expresarse con coherencia, rectitud y apegado a la verdad. Un individuo honesto no engaña ni busca sacar provecho a costa de los demás”. Mientras ser íntegro “impulsa a una persona a actuar con honestidad, rectitud y coherencia en todo momento. Significa hacer lo correcto por convicción propia, manteniendo los mismos principios incluso cuando nadie está mirando”.


Creo que la parte “in fine” en las definiciones de honestidad e integridad nos muestran la diferencia esencial entre ambos valores morales y éticos: “No engañar ni buscar sacar provecho a costa de los demás” y “Hacer lo correcto por convicción propia y mantener los mismos principios incluso cuando nadie te está mirando”.


En un discurso pronunciado la semana pasada durante el “Tercer Congreso Nacional de Ética y Juventud”, celebrado en el Ministerio de Defensa, el presidente Luis Abinader invitó a los presentes a poner la honestidad de moda en el país.


El mandatario también destacó el compromiso de su Gobierno con la integridad y reiteró la voluntad de su gestión de seguir combatiendo la corrupción.


Cuando escucho esos discursos, sin importar la persona que ocupe la presidencia de la República en cualquier momento, pienso en la necesidad de llevarlos también con altoparlantes y potentes bocinas a otros escenarios, principalmente a las oficinas públicas.


Como algunos mensajes que todavía resuenan en los vagones del Metro de Santo Domingo, pero que los usuarios ya obvian con desparpajo: “Use audífonos para escuchar sus celulares”, “Despeje la puerta si no se queda en la próxima estación”, “Ceda el asiento a embarazadas, envejecientes y personas con vulnerabilidades”. El último hay que pedirlo con firmeza para que se cumpla porque la mayoría se queda inmóvil a la espera de quién dará el primer paso para ceder el asiento.


Esas normas al principio formaron parte de lo que se llamó “Cultura Metro”, pero se han ido perdiendo, como valores y principios que jamás deberíamos ponerles la etiqueta de “modas”.


Las modas son fenómenos sociales y culturales que definen hábitos, estilos de vida y comportamientos que predominan en una sociedad durante un tiempo determinado. Tienen la particularidad de que pueden ser atemporales, pero otras cíclicas y efímeras. Surgen, se popularizan masivamente y generan un gran impacto, pero pueden ser reemplazadas por nuevas.


Por ejemplo, en mi adolescencia se pusieron de moda en el sexo masculino los afros que yo desenredaba con un peine de púas de metal y después emparejaba con un Long Play (LP o disco de pasta). También los llamados pantalones “campanas” sobre los cuales se hizo muy popular una broma de que si un sacerdote te veía con ellos puestos te perseguía para sonarlos.


Está bien que a niños, niñas, adolescentes y jóvenes se les inculque la necesidad de ser honestos e íntegros, incluso llevando esos mensajes a los centros educativos, pero los funcionarios públicos deben predicarles con el ejemplo.


En su reflexión sobre honestidad e integridad Yokoi Kenji pone el ejemplo del padre que le insiste a su hijo que no debe mentir. Pero suena el teléfono de la casa y le dice: “Si la llamada es para mí, dile que no estoy”. Su conclusión es que el niño crecerá siendo un mentiroso porque su padre aconseja una cosa, pero actúa diferente.


Con la reciente aprobación de la reforma tributaria, el presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, fue honesto cuando confesó que la sancionaron tal y como llegó del Senado en apenas horas para no retrasar su puesta en vigor. Pero la cámara que preside, de mayoría oficialista, no fue íntegra al aprobarla con tanta celeridad y sin tomar en cuenta las mociones de legisladores opositores.


El Senado se tomó más tiempo –tres días- pero su cambio más sustancial fue en lo tocante a los juegos de azar. A la cámara alta se le acusa de falta de integridad, bajo el argumento de que algunos legisladores son dueños de bancas de loterías y de apuestas a diversos deportes.


Una semana después, también el Senado de la República aprobó en dos lecturas consecutivas el proyecto que modifica la Ley 225-20 sobre Residuos Sólidos, liberándolo de todo trámite y declarándolo de urgencia.


La reacción sensata del Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep) fue que el uso tan frecuente de la urgencia termina “debilitando el debate legislativo, limitando la participación de los sectores interesados y reduciendo oportunidades para construir reformas duraderas”. Y además minando la integridad que debería ser una marca de identidad en el Congreso Nacional.


Pasa igual con el nuevo Código Penal que entrará en vigor el próximo 3 de agosto. El Ministerio Público anunció la semana pasada que la norma será socializada. Honesto de su parte, pero hubiese actuado con integridad, al igual que el Poder Legislativo, dándola a conocer a todos los sectores interesados para recabar sus sugerencias antes de la aprobación.


Creo que la mayoría de los ciudadanos soñamos con tener algún día un gobierno con perfil ético. Un gobierno que rescate los principios y valores que enarbolaron junto con nuestra enseña tricolor los padres creadores de la nacionalidad dominicana, sin convertirlos en modas pasajeras.


El patricio Juan Pablo Duarte nos dejó la siguiente reflexión sobre su anhelo de que se predicara con el ejemplo en el ejercicio del poder: “Lo poco o mucho que hemos podido hacer o hiciéramos aún en obsequio de una Patria que nos es tan cara y tan digna de mejor suerte, no dejará de tener imitadores; y este consuelo nos acompañará en la tumba”.


Un epitafio del patricio que no debería pasar de moda.

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