Disquisiciones sobre la muerte
Por Felipe Román
Apreciado lector, estamos conscientes de que el tema de la muerte no es atractivo, pero aún siendo así, le aseguramos que lo trataremos de una manera que usted podría calificarla de interesante.
Iniciaremos recordándole que hasta finales del siglo X1X el tema de la muerte no causaba angustia porque era aceptada con naturalidad. Y se trata de explicar el cambio en la conducta ante la muerte, sosteniendo que a partir del siglo XX, se fue imponiendo una mayor secularización _ es en esencia un alejamiento de los asuntos divinos _ que era lo que básicamente hacía que las personas aceptasen el tema de la muerte con naturalidad.
En ese cambio de mentalidad influyó ampliamente el historiador francés Philippe Ariés, quien incluso es considerado el pionero en la investigación de las mentalidades frente a la muerte, lo cual describe en dos obras, la primera titulada “Historia de la muerte en occidente”, publicada en 1975, y dos años más tarde “El hombre ante la muerte”.
Por razones de espacio no analizaremos los argumentos del referido historiador francés y pasaremos directamente a lo que deseamos compartir con usted. Asumir la muerte con naturalidad explica la conducta del Rey David ante la proximidad de su deceso. Veamos el relato bíblico: "Llegaron los días en que David había de morir, y ordenó a Salomón su hijo diciendo: Yo sigo el camino de todos en la tierra _ tener que morir _ . Esfuérzate, y sé hombre. Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y observando sus estatutos y mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que está escrito en la ley de Moisés, para que prosperes en todo lo que hagas y en todo aquello que emprendas" (1 REYES 2: 1_3).
Usted puede percibir claramente que David habló con absoluta naturalidad y palabras carentes de angustia neurótica, depresiva o de cualquier otra índole. Y en especial sus palabras tampoco tenían una génesis irritable.
Veremos ahora otros dos casos que evidencian de manera clara la inconformidad con la muerte. El primero de ellos se trata del Rey Ezequías, quien fue un excelente monarca. Siendo un hombre todavía joven (39 años), de manera imprevista se enfermó con una llaga en uno de sus pies. Y aunque nadie asegura que tipo de enfermedad era, quien esto escribe está convencido de que se trataba de lo que conocemos como “Pie diabético”, que aún en la actualidad sigue ocasionando muertes en nuestro amado país y en muchos otros. Quien esto escribe ha publicado en este prestigioso medio de comunicación que ese problema de salud, desde hace mucho tiempo, dejó de serlo en Cuba.
El asunto es que este rey estaba enfermo y eso era de conocimiento público. Y como en esa época remota, los profetas tenían la capacidad de curar, Ezequías se puso muy alegre cuando uno de sus asistentes le informó que Isaías estaba en el antedespacho y deseaba verlo. El motivo de su alegría era porque pensó que Yahvé había escuchado sus oraciones pidiendo salud, y por eso envió al profeta para sanarlo.
Sin embargo, al recibir a Isaías se sintió turbado porque notó que su rostro estaba sumamente adusto, y rápidamente pensó: Parece que no recibiré buenas noticias. Y su percepción fue correcta, porque Isaías sin realizar ningún gesto afectuoso, inmediatamente le dijo: Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás". (2 REYES 20:1). E inmediatamente se marchó, dejando al Rey Ezequías sumamente angustiado, lo que le llevó a hacer la oración siguiente: ¡Ah, Yahvé! Recuerda que he caminado ante ti con sinceridad y un corazón íntegro, haciendo lo recto ante tus ojos. Y Ezequías lloró desecho en lágrimas". (2 REYES 20:3. Versión Biblia de Jerusalén latinoamericana).
Su angustiosa oración y sus actos de golpear con desesperación la pared, mesar su pelo, y otros actos de angustia, fueron vistos y escuchados por Yahvé, y por eso ocurrió lo siguiente: "Y antes de que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías diciendo: Vuelve y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; He aquí que yo te sano. Y añadiré a tus días quince años" (2 REYES 20:4_6).
Y dijo Isaías: Tomad masa de Higos. Y tomándola la pusieron sobre la llaga, y sanó". (2 REYES 20:7).
El segundo caso es del famosísimo Rey Salomón, quien ya sabemos que había tenido la vivencia de percibir claramente con la naturalidad y calma que David su padre aceptaba la realidad de la muerte. Sin embargo, para sorpresa suya le diremos que las reflexiones de Salomón sobre la muerte y nuestra vida cotidiana le habían llevado a padecer lo que se conoce como “Depresión Disfórica”, en la que predomina la irritabilidad.
Eso explica que Salomón escribiese lo siguiente: "Me dije para mis adentros: Si me aguarda lo mismo que al necio, entonces ¿para qué he adquirido más sabiduría?. Hablando para mis adentros advertí que también esto es vanidad. No se guarda memoria perpetua del sabio ni del necio, pues tanto el sabio como el necio morirán, y en el futuro ambos caerán en el olvido. La vida me parece aborrecible, pues me va mal todo lo que se hace bajo el sol. ¡Todo es vanidad y empeño vano!”
“Me parecen aborrecibles todos los trabajos que hago bajo el sol, pues sus ganancias tendré que dejarlas a quien me suceda, y ¿quién sabe si será sabio o necio, y se hará cargo de todos los trabajos que hago y en los que he plasmado mi sabiduría bajo el sol? También esto es vanidad" ( ECLESIÁSTÉS 2: 15_20. Versión Biblia de Navarra).
Antes de que usted se enoje con Salomón, le pedimos que reflexione en lo siguiente: Los seres humanos no estamos todo el tiempo con buen estado de ánimo. Y es por razones como esas que también encontramos en la Biblia que profetas como Elías y Jonás, en momentos en los cuales se sentían frustrados e irritables, le pidieron a Yahvé que los "premiasen" con la muerte. Veamos lo de Elías: "Y él se fue por el desierto un día de camino y vino y se sentó debajo de un Enebro; y deseando morirse dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis adres". (1 REYES 19:4).
Veamos ahora las palabras de Jonás: "Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida". (Jonás 4:3).
La conducta agresiva de estos profetas ante Yahvé nos permite explicarle que muchas personas se suicidan sin tener depresión. Lo hacen por frustraciones como estos profetas, quienes deseaban la muerte. Y lamentablemente muchos logran quitarse la vida.
En el caso de Salomón posteriormente nos recomendó lo siguiente: "No hay cosa mejor para el hombre _ y la mujer_ sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que eso es de la mano de Dios. Porque ¿quién comerá y quién se cuidará mejor que yo". (ECLESIÁSTÉS 2:24_25).
Finalmente decirle que en la antigüedad se creía que las enfermedades y la muerte tenían una relación directa con el pecado y los sentimientos de culpa. Es por razones como esas que ocurrían hechos como el siguiente: "Al pasar Jesús, vio a un ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo Rabí ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él". (JUAN 9:1_3). E inmediatamente procedió a curar al ciego.
Conclusión: Esperamos y deseamos que usted no considere que cualquier tipo de adversidad en su vida cotidiana, sea grande o pequeña, se deba a que usted ha pecado, aunque sea de manera inconsciente, como por ejemplo creer que ha defraudado a lo que se esperaba de usted, porque eso podría llevarle a padecer de enfermedades biológicas y afectivas. Sino que usted descarte esos pensamientos nocivos. Y esté plenamente consciente de que las frustraciones, las enfermedades y la muerte, son procesos naturales e inevitables de nuestra vida cotidiana.
Y que lo mejor que podemos hacer es darle cabida a lo que nos recomienda Salomón: Que mientras estemos vivos disfrutemos con buen estado de ánimo cada segundo de nuestra vida. Claro está haciéndolo acorde con nuestra personalidad, debido a que hay personas, como quien esto escribe, que nunca podremos ser "el alma de la fiesta".
Y también exhortamos a aceptar con naturalidad _ al igual que el Rey David _ la muerte cuando haga acto de presencia. Pero le sugerimos no pensar mucho en eso, sino todo lo contrario. Que se mantenga disfrutando y alegrándose en cada segundo que quede por vivir. Como también nos recomienda el grandioso sabio y escritor español, don Santiago Ramón y Cajal, en su libro titulado “La psicología de los artistas”.
El autor es psiquiatra y general retirado del Ejército


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