La humanización de los deportes
POR JUAN SALAZAR
Durante mi adolescencia, boxeo, béisbol y baloncesto fueron mis deportes preferidos. Los tres llegué a practicarlos, pero al final me quedé con el deporte del aro y el balón porque me permitía ejercitar el cuerpo de manera integral.
Esa afición por el llamado deporte de las “narices chatas” surgió al observar, en la década de los 70 y 80, primero esos épicos combates entre Muhammad Alí, Joe Frazier y George Foreman. Luego en la llamada época dorada del boxeo, con los enfrentamientos entre Sugar Ray Leonard, Thomas Hearns, Roberto –Mano de Piedra- Durán y Marvin Hagler.
El boxeo recuerdo que dejé de practicarlo porque debido a mi avance -y apartándose de lo que recomendaban las normas- me querían poner a competir con boxeadores de mayor peso y más corpulentos que yo.
Mi pasión por el boxeo se apagó definitivamente cuando entendí que mis emociones no podían depender de un deporte en que los participantes se golpeaban sin ninguna consideración.
Pero con las artes marciales mixtas (MMA, por su sigla en inglés) la repulsa fue desde que observé el primer combate porque, contrario al boxeo donde existe un conteo de protección cuando un púgil cae a la lona, en este “deporte” se puede seguir golpeando inmisericordemente al contrincante bajo esas circunstancias, hasta que el referí interviene al verlo indefenso o derrotado. Pero muchas veces esa acción se dilata y tan sólo unos segundos podrían ser fatales.
Con el baloncesto incluso, aunque aún me apasiona, he dejado de ver partidos de la liga profesional femenina en Estados Unidos (WNBA, por su sigla en inglés). Paradójicamente, contrario a los hombres, he visto últimamente en las mujeres mayor agresividad y comportamientos antideportivos que en la liga masculina, la NBA.
El pasado 8 de agosto DiJonai Carrington, una jugadora de raza negra de las Chicago Sky, fue expulsada tras cometer una falta flagrante de tipo 2 contra Sophie Cunningham, del equipo Indiana Fever y de raza blanca. Después de la decisión, Carrington publicó en redes sociales la expresión “privilegio blanco”, tratando de apelar al racismo para justificar su acción antideportiva.
El golpe a Cunningham fue entre la cabeza y el cuello durante un elevado salto para encestar una canasta. La jugadora pudo sufrir una severa lesión que, no solo la sacara de la competición para siempre, sino que también pusiera en riesgo su vida. Este es un ejemplo de que la falta de deportivismo jamás debe asociarse con el color de la piel.
He visto a otras jugadoras dar golpes fortísimos a oponentes y luego ser captadas por cámaras sonriendo y hasta celebrando con sus compañeras durante los descansos en la banca.
Sé que muchos están opuestos al excesivo protagonismo de árbitros, porque alegan que le resta emoción a los partidos. Sin embargo, una intervención oportuna de un juez podría evitar desgracias, especialmente cuando los ánimos se caldean en medio de la intensa competitividad.
Traigo todo esto a colación porque el pasado jueves falleció a los 33 años el ex boxeador puertorriqueño Prichard Colón, quien jamás pudo superar las secuelas de una brutal pelea que tuvo contra Terrel Williams, el 17 de octubre de 2015, en el EagleBank Arena de Fairfax, en Virginia, Estados Unidos.
Desde el primer asalto del combate, el estadounidense Williams comenzó a asestarle golpes en la nuca a Colón, los llamados “golpes de conejo”, ilegales y prohibidos en el boxeo, ante la actitud pasiva del referí Joe Cooper, quien solo se limitó a llamarle la atención y en una ocasión a restarle un punto.
El pasado jueves Colón perdió el último asalto de la pelea por su vida que libró durante once años.
En el boxeo, para citar un ejemplo, la última gran decisión para proteger a los pugilistas fue la reducción de las peleas de quince a doce asaltos. Y ocurrió precisamente por otra tragedia, cuando en noviembre de 1982, el boxeador surcoreano Kim Duk-koo falleció cinco días después de los fuertes golpes en la cabeza que sufrió durante una dura pelea contra Ray “Boom Boom” Mancini que se extendió a 14 rounds.
La falta de supervisión en este “deporte” también ha sido proverbial a lo largo de la historia. Todos recuerdan el escándalo en enero de 2009, cuando el equipo del boxeador Shane Mosley pidió que revisaran los guantes de su rival Antonio Margarito. Se descubrió que, camuflado en los vendajes, el púgil mexicano tenía una sustancia endurecida similar al yeso que se coloca para corregir fracturas. Un combate que tuvo antes en 2008 contra el puertorriqueño Miguel Cotto, quedó también en entredicho, porque el rostro le quedó a su rival casi desfigurado de los golpes recibos. Se presume que fue por el uso de un yeso que en aquella ocasión no fue descubierto.
Hay reglas y normas que se han adoptado para equilibrar la competitividad deportiva. Solo citaré dos ejemplos: La Regla Mikan, en baloncesto, nombrada así por el jugador George Mikan. Por su enorme estatura e impacto bajo el aro, en 1951 la liga amplió la zona de la pintura de 6 a 12 pies y años después se ensancho aún más por Wilt Chamberlain. En béisbol, Bob Gibson tuvo una temporada tan dominante en 1968 que las Grandes Ligas decidieron achicar 13 centímetros a la zona de strike.
Y hay otras, aunque no sean normas, con un contexto positivo, como la llamada cirugía Tommy John, practicada por primera vez al lanzador de los Dodgers de los Ángeles de ese nombre. El procedimiento quirúrgico que le realizó por primera vez el doctor Frank Jobe, en 1974, consiste en reemplazar un ligamento desgarrado en la parte interna del codo por un tendón extraído de otro lugar del cuerpo del paciente o de un donante. Esa cirugía ha permitido prolongar las carreras de una gran cantidad de lanzadores.
En los últimos años se usa también mucho más la tecnología para garantizar justas decisiones de los árbitros. Se utilizan repeticiones a cámara lenta de jugadas que son apeladas. Y no hay que dudar que, en un futuro no muy lejano, sean robots quienes decidan el conteo de bolas y strikes detrás del plato en los partidos de béisbol, en lugar de un juez humano.
Pese a esos avances con el uso de la tecnología, poco se ha hecho para humanizar las competencias deportivas.
La muerte de Prichard Colón no puede quedar como una más en el mundo de los deportes.
La tragedia que enfrentó este prometedor joven podría utilizarse para crear una norma en su honor que garantice la integridad de los atletas y que permita también aplicar sanciones más drásticas por conductas antideportivas.
Los accidentes son inevitables en cualquier actividad del ser humano, y el deporte no es la excepción.
Pero el drama que padeció Prichard Colón y su familia ningún otro deportista jamás debería enfrentarlo.
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