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Los destellos de la vida

 Por Juan Salazar 

Cuando veo a tantos jóvenes involucrados en hechos espeluznantes que les acarrearán una larga condena o morir en “intercambios de disparos” a menos de la mitad de la vida que estaban llamados a disfrutar, pienso en el trasfondo de existencias que pudieron tener un destino diferente.

Y penosa la reacción social mayoritaria de celebración y manifiesta alegría cuando la Policía Nacional toma la justicia en sus manos y "les da pa' bajo", con la “reconfortante” sentencia de una población que casi al unísono exclama: "Uno menos".

Es la misma sociedad que no reacciona en igual proporción indignada ante los hogares disfuncionales, la violencia intrafamiliar, la deserción escolar, el desempleo juvenil, las uniones tempranas y los embarazos en adolescentes.

A quienes osan expresar su rechazo a esas ejecuciones extrajudiciales, abogando en cambio por apresamientos y cárcel para esos jóvenes, enfrentan críticas ácidas bajo el alegato de que defienden a delincuentes porque el crimen no ha tocado a sus puertas.

Es un bucle que se repite una y otra vez con sus particularidades, pero crímenes sobrecogedores, sin importar la fecha. Refresco la memoria de los lectores con tan solo tres casos, José Rafael Llenas Aybar, Emely Peguero y Carla Massiel.

Pero la Policía Nacional, que aplica su propio sumario con tanta rapidez a los civiles, tiene también sus casos socialmente estremecedores: Pastores evangélicos Elisa Muñoz Marte y Joel Eusebio Díaz Ferrer, David de los Santos y la arquitecta Leslie Rosado, para solo citar tres no tan lejanos. A De los Santos, apresado en la plaza Ágora Mall por un incidente que quedó en nebulosa, incluso le aplicaron un 29 en el destacamento del ensanche Naco de la capital.

Es una Policía que cuando quiere respeta el debido proceso. Un ejemplo recientemente fue presentar de espaldas para que no vieran su rostro a Johnny González, de 41 años, acusado de acuchillar al joven de 23 años, Gustavo Adolfo III Mejía-Ricart Risk, en el ensanche Serrallés del Distrito Nacional.

Pero la misma institución que tuvo ese celo procesal, mostró de frente al primero que se entregó por el asesinato de Zeneida Socorro Castillo y las heridas causadas al merenguero Julián Oro Duro, además de compartir luego las fotografías de todos los implicados.

Un recuento publicado por Listín Diario reveló también, en la semana que recién acaba de concluir, que 17 presuntos delincuentes han caído abatidos en los últimos seis días en “intercambios de disparos” con la Policía.

Obvio que la Policía tiene todo el derecho a defenderse ante delincuentes, a veces, fuertemente armados. Pero el riesgo de la política de “gatillo alegre” siempre será la posibilidad de que caigan también inocentes, como en el caso de los pastores evangélicos citado anteriormente.

Una bala perdida que impacte a una persona sin ningún vínculo con delincuentes perseguidos por la Policía, no puede verse como el inevitable daño colateral.

El otro aspecto que quiero resaltar es que como sociedad nos enfoquemos primordialmente en esos destellos de la vida que muestran tantos jóvenes, pero que son finalmente la consumación de múltiples factores.

Claro, esos destellos llaman más la atención actualmente por la estela virtual y mediática que los alimenta.

Y aunque parezca que sea llover sobre mojado, otra vez hay que caer en la importancia de brindar una adecuada formación familiar, en lugar de culpar siempre a un Estado circunstancial.

¿Por qué jóvenes con iguales o peores carencias que esos abatidos por la Policía no han caído en la delincuencia e incluso muchos logran superarse y trascender en la sociedad?

La respuesta está en la acrisolada educación recibida en el hogar. Un joven así no se deslumbra ante la bonanza que exhiben delincuentes en sus barrios, especialmente traficantes de drogas.

Han tenido padres y madres que no “soltaron en banda” a sus hijos cuando comenzaron a darles esos primeros tormentos que finalmente llevan a la perdición. Progenitores que impusieron controles a temprana edad, pero lo más importante, predicaron con el ejemplo.

Hoy ven otros destellos de sus proles.

Con todos estos casos de jóvenes abatidos por la Policía recordé además la semana pasada dos canciones de artistas dominicanos dedicadas a las madres, una del merenguero Fernando Villalona y otra del bolerista Camboy Estévez.

El Mayimbe, como llaman a Villalona, lanzó en 1983 el tema musical “Fosa para dos”, incluido en una producción discográfica dedicada totalmente a las madres.

La canción expone la confesión de un hombre al que la vida le ha negado las ilusiones que forjó siendo un niño. Expresa también el anhelo de regresar al abrigo del pecho materno y hasta de morir primero que su progenitora.

Un estribillo del tema musical reza así: “Yo recuerdo madre mía tus cuidados y cariño en los días de mi niñez, mientras yo me divertía con chichiguas de colores, trompos y pisacolá. Más la vida se ha empeñado en negar las ilusiones que en la cuna yo soñé. Y hoy te juro madre mía, yo no sé lo que daría por regresar a tus pies”.

La canción de Camboy, titulada “Los caminos de la vida”, lanzada en la década de los 90, expone el anhelo de un hombre por resarcir a su madre debido a los sacrificios en que incurrió para criarlo.

En un estribillo admite sus frustraciones en la adultez: “Los caminos de la vida, no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía. Los caminos de la vida, son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos, y no le encuentro salida”.

Son ejemplos de hijos que enfrentan caminos tortuosos, pero recuerdan con nostalgia y valoran la acrisolada educación que recibieron en su niñez.

En la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios, dedica un capítulo para definir la preeminencia del amor. Y allí nos dice que “el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad”.

Pero a mí me llama mucho la atención un versículo de ese capítulo en el que pocos reparan, el 11: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño”. (1 Corintios 13:1-13. Biblia versión Reina-Valera).

A los jóvenes que enfrentan tantos desafíos en un mundo cada día más viralizado, no se trata de volver a la niñez como un ejercicio de evasión ni pensar que los estresores de la vida le quitan sentido a su existencia.

Los desafíos llegan cuando crecemos y, quizás la vida no sea tan idílica como imaginábamos en la niñez, pero siempre habrá un destello positivo que mostrar, cuando padres y madres cumplen con su rol de educar con amor, valores y principios.

Como país la invitación es a no centrarse tanto en los destellos de una juventud descarriada por la exclusión y la falta de oportunidades.

La solución nunca será una operación limpieza, porque la delincuencia siempre encontrará la manera de reciclarse, si no se ataca la raíz de ese mal que tanto atemoriza a las élites e incentiva la política de “mano dura” de gobernantes.

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