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Las respuestas del silencio

 


Por Juan Salazar 

Nunca imaginé que el silencio podía ser un sabio y elocuente aliado hasta que circunstancias inesperadas de la vida me han llevado a valorar sus efectos tan positivos en el diario vivir.

Los seres humanos estamos acostumbrados a hablar mucho y escuchar poco. Prestamos poca atención a nuestros interlocutores porque nos centramos más en el próximo argumento que impacientemente queremos exponer.

El “ruido digital” ha agravado esa cultura parlanchina por el uso excesivo de redes sociales, plataformas de mensajería instantánea y el acceso a información mayormente banal, alimentada por algoritmos que ya conocen todos nuestros gustos, intereses e interacciones.

Y así, ya sea en el mundo real o en el universo digital, ese lenguaje oral y táctil se convierte en un bucle de dopamina que termina enajenándonos de la valiosa introspección que sólo aporta meditar en silencio.

Me pasó incluso recientemente con un versículo bíblico que había leído tantas veces, pero en el que reparé con más detenimiento a principios del presente año. Está en el evangelio de San Mateo, capítulo 5 versículo 37: “Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto de mal procede”. (Biblia versión Reina-Valera).

La sugerencia bíblica no significa que tu diálogo sea un ejercicio exagerado de laconismo. Se trata del “sí” cuando realmente está dentro de tus posibilidades y un “no” firme si está fuera de tu alcance.

Consiste también en evitar hablar de más con exageraciones, manipulaciones, juicios, mentiras y promesas que no estamos en capacidad de cumplir.

El silencio ha sido en los últimos meses para mí un valioso maestro, especialmente en las relaciones interpersonales y en la manera de encarar los estresores de la vida.

Me ha enseñado que es preferible callar ante las ofensas que podrían dar lugar a una respuesta desde el enojo.

A evitar más la crítica constructiva que actualmente se asume como reproche, en un mundo tan influenciado por la viralización y la validación que son vitaminas para el ego.

A menos que sea una ofensa contra el honor, practicar el “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar) para evitar las reacciones airadas que observamos con pasmosa frecuencia en redes sociales.

La introspección que practicó ahora con más asiduidad, beneficiado por las pausas que aporta el silencio, me ha llevado incluso a priorizarme más, en lugar de estar tan enfocado en siempre dar lo mejor de mí. Claro sin perder la esencia de la empatía que jamás debemos convertir en una reliquia del pasado.

En ese ejercicio de autocompasión es probable –como me ha pasado- que tu círculo de amistades se reduzca.

Cuando apelas a ese “no” firme te das cuenta que favores pasados son olvidados y entras en la categoría del villano que se debe apartar, porque inexplicablemente abandonó, aunque sea momentáneamente, su actitud complaciente y servicial.

Ese silencio a mí me ha mostrado por qué el fenecido cantautor Anthony Ríos reflexionó en uno de sus populares temas musicales sobre la necesidad de “comprender más y amarse menos” en las relaciones de parejas.

A veces es necesario que la intensidad de un sentimiento como el amor a parejas, familiares y amigos ceda a uno más apacible como la comprensión. Y eso muchas veces se aprende en la meditación que aporta el silencio.

El escritor londinense Simon Van Booy reflexionó que “las conversaciones más importantes de nuestra vida tienen lugar en el silencio”. Sí, con nosotros mismos hasta en alta voz, sin que se asuma con un atisbo de locura.

Incluso ante el elogio que tanto valida en un mundo ahora interconectado, el escritor y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson (1803-1882), cuyas enseñanzas contribuyeron al desarrollo del movimiento del “Nuevo Pensamiento”, nos deja esta aleccionadora reflexión: “El silencio que acepta el mérito como lo más natural es el más alto aplauso”.

Vivimos un tiempo en que las personas se validan a sí mismas por sus éxitos, en lugar de esperar en silencio el reconocimiento del prójimo.

Otro cantautor, el cubano Silvio Rodríguez, en su tema musical “La canción del elegido” sentenció que “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Mejor temprano que tarde, pero a veces el silencio que parece abrumador por esa sensación de ostracismo emocional, puede ser la autoconexión que necesitamos para reencontrarnos con nosotros mismos.


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