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Podemos contar del 1 al 28

Por Juan Salazar 

 Un grupo de niños nos colocábamos con nuestras limpiabotas en el frente del colmado de un banilejo llamado Nelson, en la intersección de las calles Moca y Félix Evaristo Mejía del sector Villas Agrícolas de la capital.

Recuerdo que un domingo lustrar zapatos estaba “flojo” o “apretado”, antónimos pero con igual significado para los comerciantes cuando hay pocos clientes.

Un compañero me sugirió que nos moviéramos y recorriéramos varias calles del barrio para cambiar el perfil de un día que pintaba poco halagüeño.

Así lo hicimos y llegamos frente a la puerta de un cabaret, el nombre tan peculiar usado entonces para identificar a cualquiera de los prostíbulos que abundaban tanto como las carencias del sector.

El colega limpiabotas, un poco más despierto que yo porque me llevaba un par de años, me sugirió que entráramos, porque allí era casi seguro que encontraríamos hombres dispuestos a tener sus zapatos relucientes para impresionar a las mal llamadas “mujeres de la vida alegre”.

Le dije que no podía entrar a esos lugares porque mi padre me lo tenía prohibido y su respuesta fue que él no se enteraría. Me mantuve firme en la decisión de quedarme afuera y alejado.

Esperé casi una hora fuera y, obviamente, la entrada al lugar fue fructífera para mi compañero. Regresé con mucho menos dinero que él a la esquina del colmado, pero con la satisfacción de que no quebranté una norma de mi padre.

No cedí a la insistencia del amigo de entrar a ese lugar porque las reglas en el hogar tenían una etiqueta inquebrantable: Había que observarlas, aunque nuestros padres no nos estuvieran viendo.

Mi hermano Antonio también vendía naranjas peladas. Un día entró a la casa y le dijo a mi madre que había encontrado 5 pesos en la acera, a poca distancia de su negocio informal. Tuvo que retornar al lugar con ella y permanecer allí un largo tiempo para ver si alguien estaba buscando la preciada moneda.

No apareció el dueño, pero tampoco mi hermano pudo usar ese dinero a su antojo. Otra norma estricta, sin importar el valor, cualquier objeto llevado a la casa había que justificar su procedencia.

Obvio que, con esa férrea educación basada en principios y valores presente en la mayoría de los hogares, si tantos chicos y chicas hubiesen encontrado el incentivo estatal su historia hubiese sido diferente, porque el cimiento principal ya estaba colocado en el hogar: el respeto.

Para estudiar mis hermanos y yo pasamos serios inconvenientes. Mi padre incluso creó un colegio con perfil evangélico en el sector Villas Agrícolas para garantizar la educación a sus hijos hasta llegar a la secundaria.

De ahí en adelante fue mucho más difícil porque el sustento familiar había que colocarlo muchas veces por encima de la educación. Se imponían las prioridades, aunque resultara doloroso.

Ahora, sin dudas, hay más oportunidades para estudiar con las becas nacionales e internacionales que aporta el Estado. Pero el apoyo oficial para tantos jóvenes con anhelos de estudiar y emprender sigue siendo deficiente.

A propósito del artículo del pasado domingo que titulé “Los destellos de la vida”, un amigo psicólogo clínico me tocó precisamente ese punto.

Me citó los casos de tantos jóvenes marginados que intentan abrirse paso sin apoyo del Estado en la música, los deportes y en múltiples actividades, pero son menos publicitados que quienes terminan extraviados, también por falta de oportunidades.

Mencionó el caso de una joven que realizaba una colecta para continuar con sus estudios en el Berklee College of Music, la prestigiosa universidad de música ubicada en Boston, Estados Unidos, donde obtuvo una beca.

Todos también vimos recientemente los penosos testimonios de atletas dominicanos que lograron medallas en los pasados Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados del 24 de julio al 8 de agosto del presente año en el país.

De los pocos que conocimos por reseñas en medios de comunicación, salió a relucir que el dinero prometido por el Estado a los ganadores de preseas sería utilizado para tratamientos médicos a familiares y para terminar o comenzar a construir una soñada vivienda a sus padres.

Se trata de atletas a quienes se exige un alto rendimiento, pero que entrenan con serias precariedades, pero lo peor, en medio de preocupaciones por necesidades básicas que no pueden resolver en sus hogares.

¿Cómo logra entrenar con eficacia un atleta preocupado por los “chelitos” que necesita para mantener a flote a su familia?

Quienes me conocen saben que soy un hombre de fe y, por esa razón, no cuestiono las jornadas de oración con participación oficial para abogar por la protección divina y el bienestar del país.

Pero en la conversación con el amigo psicólogo que tuve la semana pasada recordé la canción “No basta rezar” del grupo venezolano “Los guaraguao”, incluida en el álbum “Las casas de cartón”, lanzado en el año 1973.

La canción dice en un estribillo que “no basta rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

El tema musical recuerda que también rezan el piloto que monta el avión para ir a bombardear y el amo que explota al peón. En el contexto actual, le agregaría que de igual manera se encomienda a Dios el joven descarriado que sale a asaltar y hasta a matar, pero igual el policía que parte a las calles con la orden estricta de “darle pa´ bajo”.

Los gobiernos crean las condiciones para la insatisfacción ciudadana con una pobre política de prevención de la criminalidad. Y cuando la población se harta por la impotencia que le genera la inseguridad en las calles y hasta en sus propios hogares, entonces recurren a la “mano dura” que genera una aceptación casi unánime y eleva la declinada popularidad por insatisfacciones acumuladas.

El arzobispo coadjutor de Santo Domingo, monseñor Carlos Tomás Morel Diplán, expuso el pasado viernes que la delincuencia no se combate quitándole la vida a un ser humano. Llamó a las autoridades dominicanas a prevenir y educar a la sociedad. Su posición generará pocas opiniones a favor y la mayoría en contra, pero va más allá de rezar.

A propósito de la religiosidad actualmente tan manifiesta, permítanme, amables lectores –apelando también a un episodio bíblico- recordarles las palabras que le dijo Jehová a Josué cuando le encargó suceder a Moisés y llevar al pueblo de Israel a la tierra prometida luego pasar 40 años en el desierto: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. (Josué 1:9, versión Reina-Valera).

Jehová le garantizó a Josué que estaría con él en cualquier circunstancia, pero le conminó a esforzarse y ser valiente en la tarea encomendada.

La clase de actitud tan necesaria para brindar oportunidades a los jóvenes a fin de evitar en el futuro salir de ellos como sea.

El esfuerzo y valentía para garantizar que atletas y sus familias no habiten en “casas de cartón”, esa canción del icónico grupo venezolano Los guaraguao que en un estribillo sobre los jóvenes también reza: “Nadie nos comprende, estamos solos y aislados, por eso tomamos caminos equivocados… Como nos atormentan con su autoridad, ellos creen ser dueños de la humanidad”.

Hay muchas maneras de contar primordialmente del 1 al 28 con medidas a favor de los jóvenes dominicanos para evitar que tantos terminen descarriados, en lugar de ir directamente como solución al 29 que genera una momentánea popularidad, pero que hace añicos el Estado democrático y de derechos que estamos llamados a preservar.


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