El ABC del enfoque

 


 Juan Salazar 

En 2012, con motivo de un viaje que haría en abril de ese año a Taiwán, le pregunté a un diplomático de esa nación que estaba a punto de terminar su misión en República Dominicana, cómo lograron el milagro del desarrollo que exhibía en ese momento el país, con un territorio más pequeño que el nuestro.


Taiwán tiene una superficie de 36,197 km² y República Dominicana 48,442 km², una diferencia de 12,245 km².


La respuesta del funcionario fue: “Ningún milagro, apostamos a la educación e invertimos en ella”.


La realidad más decepcionante, en nuestro caso, es que 14 años después de esa edificante conversación continuamos arrastrando los mismos problemas que se resumen en una sentencia lapidaria: “Falta de educación”.


A propósito de la barahúnda en el país debido a la casi inexistente regulación de los motociclistas, un problema agigantado por la diversidad de usos que ahora tiene ese medio de transporte, cuando di mi primer paseo por una transitada vía de Taiwán, me sorprendió el comportamiento de los conductores de esos vehículos.


En una intersección, todos con sus cascos protectores, colocados detrás de la línea reservada para el paso de peatones y ninguno se atrevió a violar la luz roja del semáforo. Y allí no observé ningún agente de tránsito como elemento disuasivo. Ese nivel de conciencia y respeto se daba pese al uso profuso de la motocicleta como medio de transporte, igual a lo que ocurre actualmente en República Dominicana.


La última parte para mí es vital, porque cuidar a la población dominicana en las calles, avenidas, autopistas y carreteras, donde cada año cientos mueren en accidentes de tránsito, es una responsabilidad colectiva.


Además, tomando en cuenta los evidentes trastornos socioemocionales y la violencia tan ostensible a causa de un tránsito caótico que ya casi cae en lo inmanejable.


Si a cualquier estrategia que se diseñe en República Dominicana para enfrentar la anarquía en el tránsito no se le cambia el “ABC del enfoque” para que sea multisectorial, pero centrada en la educación, la prevención y en la aplicación rigurosa de las leyes, estaremos poniendo la mira solo en una parte del problema: los motociclistas.


Y, como México, arrancar por la escuela, porque nuestros niños, niñas y adolescentes serán en un futuro cercano los usuarios de las vías públicas, ya sea a pie o sobre dos o cuatro ruedas.


Como puntualiza la estrategia mexicana, solo basta “comprender y actuar”.


En nuestro país hace tiempo que comprendimos la magnitud del problema y la necesidad de atacar el caos en la circulación de vehículos y peatones.


Pero no hay que esperar 14 años más para actuar y convertir en realidad ese sueño de tener ciudades donde, en materia de tránsito, predominen el orden, el respeto, la tolerancia y la disciplina.


Recordé ese detalle de mi visita a esa nación asiática porque el pasado viernes me detuve a observar por tan solo dos minutos el flujo del tránsito cerca de una intersección en el Distrito Nacional.


Conté, en un solo sentido porque la vista no alcanzaba para ambos, el paso de 100 vehículos, 62 motocicletas y el resto de otro tipo. Tomando en cuenta que es una vía usada también por carros y autobuses del concho, en otras sin ese ingrediente la proporción a favor de las motos debe ser más elevada.


Pero la abrumadora circulación de motocicletas no fue lo más escalofriante, sino cómo lo hacían. Muchos conductores sin cascos protectores y algunos con más de un pasajero en la parte trasera, a elevada velocidad y con una imperturbable temeridad, invadiendo carriles contrarios, saliendo de negocios sin la más mínima precaución, rebasando por cualquier espacio sin importar lo limitado que sea y al llegar a la intersección irrespetar la luz roja del semáforo.

Precisamente sobre ese escenario cotidiano que ahora tanto preocupa, el Ministerio de Interior y Policía anunció la semana pasada el incremento de operativos para exigir a los motociclistas el casco protector y documentos al día.


Sería otra manera de irse por las ramas, con la mira puesta en generar más ingresos por concepto de multas, en lugar de ir a la raíz del problema, reforzando la educación vial y aplicando el imperio de la ley en todos los sentidos. Pero sin perder el foco también en la prevención, porque los agentes de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (Digesett) se colocan después para poner la multa, en lugar de antes para evitar la infracción, convirtiéndose en un ente esencialmente fiscalizador y sancionador.


Si queremos ser justos, aunque sobre los motociclistas recaiga la mayor cuota, el desorden que prevalece en el tránsito a escala nacional no es responsabilidad exclusiva de esos conductores.

Es un caos donde impera la ley de los más osados e irrespetuosos, sin importar que el conductor se desplace en una pequeña moto, una lujosa jeepeta o un intimidante vehículo pesado.


Y como todo se reduce principalmente a falta de educación, por esa razón mi insistencia de que las políticas públicas para propiciar cambios en cualquier ámbito de la convivencia ciudadana, comiencen por el hogar y los centros educativos.


Un ejemplo de un país hermano: México. La presidenta de esa nación, Claudia Sheinbaum, lanzó en abril de este año una estrategia nacional de salud mental para jóvenes denominada “El ABC de las emociones”. Y, como debe ser, comenzará por las escuelas, con la participación de autoridades federales de los sectores salud, educación y seguridad ciudadana, pero involucrando también a padres, madres y tutores de los estudiantes.


Bajo el lema “cuidarte es un acto colectivo”, el programa apuesta por una intervención multisectorial que involucra escuela, familia y comunidad, con el objetivo de garantizar que adolescentes y jóvenes en México no enfrenten solos sus desafíos emocionales.


La estrategia lanzada por el gobierno mexicano tiene seis ejes: 1) Campaña masiva de sensibilización; 2) Distribución de 18 millones de guías para jóvenes estudiantes; 3) Actividades en escuelas; 4) Asambleas informativas; 5) Pláticas interactivas y 6) Fortalecimiento de la Línea de la vida


Para su ejecución, se tomó en cuenta el incremento de malestares socioemocionales, de la violencia y del consumo de sustancias psicoactivas entre jóvenes de 12 a 17 años.


Lo que dijo Sheinbaum durante el lanzamiento de la campaña encierra un enfoque puntual: “Como ven, es una estrategia integral, es una estrategia de la sociedad, de todas y todos los mexicanos, porque cuidarnos es una actividad colectiva”.

La última parte para mí es vital, porque cuidar a la población dominicana en las calles, avenidas, autopistas y carreteras, donde cada año cientos mueren en accidentes de tránsito, es una responsabilidad colectiva.


Además, tomando en cuenta los evidentes trastornos socioemocionales y la violencia tan ostensible a causa de un tránsito caótico que ya casi cae en lo inmanejable.


Si a cualquier estrategia que se diseñe en República Dominicana para enfrentar la anarquía en el tránsito no se le cambia el “ABC del enfoque” para que sea multisectorial, pero centrada en la educación, la prevención y en la aplicación rigurosa de las leyes, estaremos poniendo la mira solo en una parte del problema: los motociclistas.


Y, como México, arrancar por la escuela, porque nuestros niños, niñas y adolescentes serán en un futuro cercano los usuarios de las vías públicas, ya sea a pie o sobre dos o cuatro ruedas.


Como puntualiza la estrategia mexicana, solo basta “comprender y actuar”.


En nuestro país hace tiempo que comprendimos la magnitud del problema y la necesidad de atacar el caos en la circulación de vehículos y peatones.


Pero no hay que esperar 14 años más para actuar y convertir en realidad ese sueño de tener ciudades donde, en materia de tránsito, predominen el orden, el respeto, la tolerancia y la disciplina.

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