La ansiedad

Por Ángel Almanzar 

 Los trastornos de ansiedad afectan a más de 360 millones de personas en el mundo y la OMS advierte que solo una de cada cuatro recibe atención adecuada.

La ansiedad es una emoción natural que ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia y que, en su origen, fue clave para la supervivencia. La respuesta de alerta del cerebro —el clásico "lucha o huida"— permitía a nuestros ancestros reaccionar ante peligros inmediatos: el corazón aceleraba su ritmo para enviar sangre a los músculos, la respiración se volvía más rápida y la atención se agudizaba. Esa activación podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Hoy, sin embargo, esa misma respuesta biológica se activa frente a estímulos que no amenazan nuestra existencia física, pero que interpretamos como riesgos vitales.

La ansiedad, entendida como emoción normal y adaptativa, no es nuestra enemiga: es un mecanismo de supervivencia evolutivo. El problema surge cuando el cerebro moderno activa esa respuesta ancestral ante preocupaciones abstractas —ideas, escenarios hipotéticos, incertidumbre sobre el futuro—. Si ese estado de alerta se vuelve crónico y desproporcionado, deja de ser una defensa y se transforma en una condición que paraliza, deteriora la calidad de vida y genera una preocupación abrumadora frente al mañana.

Vivimos en una época marcada por la inmediatez, la productividad sin pausa y la hiperconectividad. Las noticias constantes y la sobreexposición en redes sociales elevan nuestro nivel de alerta, mientras que las exigencias económicas y laborales alimentan la incertidumbre. Así, la preocupación por la economía, la salud o la estabilidad se vuelve crónica y desmedida. La cotidianidad deja de ser un terreno de adaptación y se convierte en un campo de tensión permanente

La biología humana sigue siendo la misma; lo que ha cambiado es el entorno. El bombardeo de estímulos, la difusa frontera entre trabajo y descanso, la obsesión por estar siempre conectados, la presión laboral que conduce al "burnout" y la inseguridad económica global son factores que, cuando superan nuestra capacidad de afrontamiento, pueden derivar en un trastorno de ansiedad.

Esta epidemia silenciosa se manifiesta en un momento en que la civilización dispone de más herramientas que nunca para facilitarnos la vida. Los trastornos de ansiedad son los más comunes dentro de la salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que un 4,4 % de la población mundial los padece, lo que equivale a más de 360 millones de personas. Afectan más a mujeres y niñas, suelen aparecer en la infancia y adolescencia, y si no se tratan, persisten hasta la adultez. El pico de mayor vulnerabilidad se concentra en jóvenes.

Entre los 15 y 19 años, la prevalencia supera el 7 %. Factores biológicos como la maduración cerebral se combinan con presiones del entorno digital (redes sociales, ciberacoso) y transiciones educativas. El diagnóstico más frecuente es el trastorno de ansiedad social, caracterizado por el miedo intenso a la evaluación negativa de los demás, donde suelen aparecer los primeros ataques de pánico.

En la juventud y adultez temprana (20 a 29 años), la prevalencia ronda el 6 %, con mayor impacto en mujeres. La inserción en un mercado laboral competitivo, la búsqueda de independencia económica y el escepticismo actúan como detonantes de la ansiedad generalizada. En la adultez plena (30 a 49 años), aunque los nuevos casos disminuyen ligeramente, el volumen de diagnósticos activos es mayor, con una prevalencia cercana al 5 %. Aquí la ansiedad tiende a cronificarse, ligada al "burnout" y a las responsabilidades económicas. En los adultos mayores (60 años en adelante), la prevalencia desciende por debajo del 4 %, asociada al miedo al deterioro físico, a enfermedades crónicas, al aislamiento social o como síntoma de otros trastornos.

Las manifestaciones de la ansiedad abarcan síntomas físicos, cognitivos y conductuales. Entre los físicos destacan palpitaciones, opresión en el pecho, dificultad para respirar, problemas digestivos y tensión muscular. Los cognitivos incluyen dificultad para concentrarse y sensación persistente de catástrofe futura. Los conductuales se expresan en evitación de situaciones sociales o laborales, irritabilidad, trastornos del sueño y patrones de pensamiento disfuncionales.

La ansiedad ha seguido una trayectoria ascendente, intensificada por los efectos residuales de la pandemia de covid-19 y por factores estructurales como la conectividad digital continua, la pérdida de cohesión social y la inseguridad económica. La OMS advierte que solo una de cada cuatro personas afectadas recibe atención adecuada. La falta de información y el estigma son barreras que deben superarse. La fuerza de voluntad, por sí sola, no basta: se requiere un proceso de autoconocimiento y, sobre todo, apoyo profesional. Lo alentador es que existen tratamientos respaldados por la ciencia. Cuando la ansiedad se aborda a tiempo, con un enfoque combinado de psiquiatría y psicología, el pronóstico es altamente favorable. La mayoría de los pacientes logran una remisión total o una reducción significativa de los síntomas, recuperando su vida cotidiana con normalidad.

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