El Metro pierde su esencia


Por Juan Almanzar 

 Cuando se inauguró oficialmente el Metro de Santo Domingo, el 29 de enero de 2009, surgió como un medio de transporte masivo rápido, confortable y seguro. Su aporte fue tan significativo de inmediato porque contribuyó a descongestionar el tránsito en calles y avenidas de la capital y a reducir sustancialmente la contaminación del medio ambiente.

El Metro sigue siendo un sistema de transporte rápido, pero lamentablemente en los últimos años ha ido perdiendo dos elementos del trípode que le caracterizó en sus inicios y lo hizo tan atractivo para los usuarios: confortable y seguro.

¿Por qué el Metro ya no es confortable? Ha pasado lo mismo que con el sector eléctrico. Si no se construyen las plantas generadoras para prever la futura demanda, pues obviamente que vendrán los apagones. Con el Metro pasa igual. El sistema de transporte se masifica cada día más, sin que se hayan adicionado los trenes para suplir esa creciente demanda, lo que ha contribuido al deterioro ostensible del servicio.

El pasado viernes me narró una persona con limitaciones físicas (debe usar un bastón para desplazarse) las vicisitudes que enfrentó para abordar el Metro en la estación María Montez. En dos ocasiones tuvo que desistir y dejar pasar dos trenes por los empujones que recibió a la entrada de los vagones. Solo pudo hacerlo cuando le pidió a un joven empleado del Metro que la ayudara a entrar y éste se colocó delante con ella para abrirle paso. Iguales dramas enfrentan a diario embarazadas, personas de la tercera edad y mujeres con niños en sus brazos.

Esa frustrante realidad es el “pan nuestro de cada día” en cualquier estación del Metro, incluso para personas sin ninguna dificultad físico-motora, pero especialmente en la de transferencia ubicada en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, la que congrega la mayor cantidad de usuarios, y ahora en la María Montez, con la extensión del servicio hasta Los Alcarrizos.

Recientemente vi un vídeo en redes sociales sobre el uso del metro en un país asiático. Y la pregunta que hizo quien lo compartió fue: ¿Sabes cuándo saben que turistas están usando este transporte? Y la respuesta fue porque no permiten que quienes están dentro salgan antes de ingresar.

Cada día se torna más caótico ingresar a los vagones del Metro, especialmente en la estación de transferencia ubicada en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte.

Esa y otras reglas que formaron parte de la disciplina que un principio se denominó “cultura metro”, como el silencio casi sepulcral dentro de los vagones, se han ido perdiendo.

Claro, tiene su explicación. Los usuarios van dentro de los vagones en las llamadas “horas pico” prácticamente uno encima del otro. Los aires acondicionados no se sienten con tantos pasajeros dentro. El bullicio y las discusiones también ya forman parte de la rutina.

Y, lamentablemente, por la masificación del servicio los agentes del Centro Especializado para la Seguridad del Metro (Cesmet), con tantos usuarios dentro, ya no pueden desplazarse por los vagones para imponer la más simple norma, como, por ejemplo, evitar que personas escuchen contenidos en sus celulares sin audífonos.

Las promesas de traer más trenes para sumarlos al servicio y suplir esa creciente demanda no termina de concretizarse. Y si las autoridades alegan que lo han hecho, la realidad está a la vista. Trenes nuevos no pasarían desapercibidos. Todos los que están en uso tienen todavía las señalizaciones de advertencia que se colocaron durante la pandemia del Covid-19. Lo único nuevo ha sido unir dos trenes para con un viaje incluir más pasajeros en un recorrido y otro que se pintó con los colores de los recientes juegos Centroamericanos y del Caribe realizados en el país.

Los vagones en uso ya presentan deterioro y fallas. En algunos no se encienden las luces de los tableros que indican el curso de las estaciones e incluso a veces no se escucha la hermosa voz del locutor Rodolfo Espinal anunciando el próximo destino.

Recientemente, una escalera eléctrica de la estación de transferencia, la más usada, duró tres semanas averiada, y otra de la estación María Montez casi un mes. Igual pasa frecuentemente con los ascensores que facilitan el desplazamiento de personas con vulnerabilidades.

Dentro de un vagón, el pasado viernes vi a un invidente que cruzó con dificultad la puerta y luego pasó las de Caín para llegar a un asiento que le había cedido otro usuario.

Creo que los agentes del Cesmet deberían estar más atentos en la asistencia para el abordaje de personas con esas condiciones.

¿Por qué el Metro poco a poco también deja de ser seguro? Con lo descrito anteriormente, obviamente que personas con discapacidades y condiciones especiales corren el riesgo de sufrir una lesión al momento de entrar a los vagones.

Pero también el mes pasado escuché un elemento preocupante. Una usuaria dijo: “Saludos, quiero compartir algo con ustedes”. Pensé en principio que iniciaría una de las frecuentes prédicas de cristianos evangélicos en los vagones. No fue así. Advirtió a los pasajeros que tuvieran cuidado porque a ella le sacaron un monedero del compartimiento de una mochila que llevaba en la espalda. La dama confesó que no acostumbra a llevar la mochila así, pero en el Metro se confió y fue víctima de un “descuidista”.

Quizás esa práctica se trate de un hecho aislado, pero para todo siempre hay un comienzo. Esa clarinada debe mover a las autoridades a instruir a los agentes del Cesmet para que estén más activos en las labores de vigilancia y asistencia a pasajeros con condiciones especiales para que aborden los vagones de manera segura.

En un artículo que escribí en septiembre de 2024 ya advertía sobre el deterioro del servicio en el Metro de Santo Domingo. Dos años después la situación ha empeorado por la masiva demanda.

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